domingo, 9 de octubre de 2016

En los 60 años de la Diablada Ferroviaria

Se escucha un murmullo en la multitud, la Avenida Cívica "Sanjinés Vincenti" está repleta, no cabe un solo "alfiler", es Sábado de Peregrinación, el día de la Entrada del Carnaval de Oruro, donde se rinde el culto a la Patrona Milagrosa del Socavón.

Ya muchos conjuntos folklóricos pasaron arrodillados a sus pies, con la satisfacción del deber cumplido con su Madre. La noche está a un paso de comenzar y de repente en la explanada principal de la ruta del Carnaval, están entrenado los pasantes, muy alegres llevando la guía con los colores rojo y azul.

Los espectadores que están al fondo, observan unas siluetas que se mueven con donaire y escuchan el pitido de una locomotora. A los más desatentos les rompen el esquema de su vida mundana y creen trasladarse con la imaginación hacia la estación de trenes.

Es una pequeña locomotora, muy real como las que hubo en la época de bonanza ferroviaria en Bolivia. Una campana anuncia la hora del viaje.

A medida que avanzan los minutos, también se escucha a lontananza el sonido de los bombos que le dan vida a la música de la diablada. Inmediatamente se apoderan de la Cívica unos personajes como salidos de un mundo surreal, pero tangibles que alegran de a poco el corazón de los presentes.

Con sus singulares movimientos enamoran al público y no falta uno que otro osezno que queda perplejo por la hermosura de una mujer. Sutilmente se acercan a ella para invitarla a bailar, la toman del brazo o de la mano, o simplemente bailan abrazados.

Más atrás, para variar el espectáculo, ingresa un sorprendente personaje sentado en un monociclo, con grandes dotes de equilibrio que se roba todas las miradas, pero también los flashes de las cámaras y las pantallas de la televisión.

No solo es su habilidad en el vehículo, también hay algo que lo distingue a la perfección, es una gorra, símbolo de los ferroviarios de otrora y que sobrevive al tiempo.

Pero este danzarín con características acrobáticas, encierra todo un simbolismo, cuya data se remonta al 6 de octubre de 1956, cuando la Diablada Ferroviaria nació en el seno del Sindicato de Ferroviarios, de ese entonces.

El directorio fundador estuvo integrado por los socios: Mario Bayá Mérida, Reynaldo Navía, Félix Bustos, Enrique Pinto, Alfredo Huerta, José Santander, Francisco Candia, René Salinas, Humberto Aguilar, Walter Medrano, Humberto Espada, César Caballero, Tito Villarroel y René Contijo.

Al recordar a los pioneros de la institución, se ve cómo de alegría y entusiasmo se contagia la Avenida Cívica. Intempestivamente, los juegos pirotécnicos ambientan el escenario para el paso de la Corte Infernal liderada por Lucifer.

El humo desparramado hace ver que este personaje llegó del averno para hacerse presente en la Tierra, a fin de intentar recolectar almas perdidas para su reino.

Solo no podrá lograr su objetivo, para ello utilizará a la bella China Supay, encarnada en cientos de señoritas, quienes con sus encantos se llevarán una colección de almas perdidas. Su danza hipnotiza y su belleza vuelve a los mortales en presas fáciles de la perdición.

Aquella presencia impresionante les llevó desde su nacimiento a conquistar el mundo, logrando una serie de reconocimientos por su aporte al folklore y a la cultura, pero principalmente al engrandecimiento del Carnaval de Oruro, desde el 2001 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Asimismo, sentando soberanía de la danza de la diablada en el exterior. Un ejemplo de ello, fue cuando ganaron la gaviota de plata en el Festival de Viña del Mar. Otra de las preseas que llevan con orgullo es el Cóndor de los Andes, logrado cuando el conjunto cumplió sus Bodas de Oro.

De pronto, la banda de música interpreta un himno de la institución y como un coro organizado al unísono se escucha en el firmamento: "Bolivia corazón de Sudamérica, Oruro tierra linda con su Carnaval, china supay, diablo rojo salen a bailar…", y el estribillo es cantado hasta que la garganta se seque y el llanto asome por los ojos, debido a la emoción desbordante.

Sigue su paso el bloque de las diablesas que con sus singulares figuras causan estruendos en el latir de los corazones mundanos. Aquel sentimiento indescriptible, lleva a la memoria los viajes de la Diablada Ferroviaria, dejando indisolubles el recuerdo en tierras foráneas de la grandeza de la cultura orureña, expresada mediante su danza, la danza los diablos del buzo rojo.

Cómo olvidar el primer viaje realizado a la ciudad de Santa Cruz en 1961, o el primer viaje al exterior, un año después, en 1962 cuando el infierno de Oruro se trasladó hasta Córdova y Buenos Aires-Argentina, a invitación de la empresa de automóviles Káiser, donde la Diablada Ferroviaria logró el primer puesto que le permitió ganar una ambulancia para la entidad.

Asimismo, sembró su arte en el viejo mundo, conquistando Barcelona-España en 1990, durante el festival Tardor. Dejó huella también en Cádiz, Zaragoza, Madrid, Sevilla y Granada. A lo largo de su historia, otros países fueron testigos de la magnificencia de su danza que brota desde el alma de los danzarines, entre ellos, Chile, Colombia, Perú, México, Paraguay, China y Estados Unidos.

Mientras las remembranzas salen a flor de mente, un estruendoso ruido paraliza los corazones, sin que los sones de la banda de música paren. En contrapartida aparece una especie de atentado a los sentimientos más duros del hombre, al escuchar el Chiru-Chiru.

"El Chiru-Chiru me llaman a mí por robar tu corazón, bailando con la Ferroviaria, me entrego a la Virgen del Socavón…", el público se pone de pie, saca pañuelos de todos los colores, baila en su lugar. Unos aplauden, otros lloran de emoción.

Mientras que en el centro del escenario, en medio de los humos multicolores aparece el imponente Arcángel Miguel, con su vestimenta dorada que resplandece en la noche como un sol que brilla en el día, iluminando el camino para que las huestes infernales vayan directo a redimir sus pecados llegando a los pies de su Patrona.

Más atrás las primeras filas de la tropa de diablos, solemne como ninguna avanza con prosa moviendo el cuerpo, mejor que un ballet francés. Todos juntos se apoderan de la vida para transformar el mundo con su gritos espeluznantes.

Si bien se crispa el cuerpo, no es por miedo de tenerlos presentes, sino por la admiración de sentirlos vivos, encarnados en el cuerpo, poseídos por la sangre roja y azul que alimenta las venas de ser ferroviario.

Las espuelas al hacer contacto con el suelo en coordinados vaivenes, retumban el espíritu de la historia orureña al retrotraer la enorme trayectoria de una de las entidades más importantes del Carnaval de Oruro. Finalmente con enormes alaridos y satisfechos de iluminar el cielo con su gozo, se despiden para decir orgullosos: "¡Soy ferroviario!, arrr, arrr… ¡Soy ferroviario!, arrr, arrr".



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