martes, 2 de febrero de 2016

René Flores Ordoñez El gran maestro de santos y diablos


Habilidad y calidad. Es el último experto del arte milenario de la mascarería. Año tras año contribuye y produce diferentes máscaras para los bailarines que participan en el Carnaval de Oruro

Nacido y crecido en la ciudad de Oruro, René Flores Ordoñez es -hoy por hoy- el maestro más importante en el arte de la mascarería que alimenta el Carnaval orureño.

Hijo de Pánfilo Flores Luna y nieto de uno de los precursores del rubro, Dionisio Flores, don René tiene ya más de 60 años produciendo las miradas y carcajadas de cristal con las que la fiesta más grande de los Andes bolivianos maravilla al mundo.

Iniciado con labores simples a sus ocho años de edad, René Flores heredó gran parte del saber de sus dos grandes maestros, con el que además talló en el tiempo su propio estilo.

La tarea del mascarero o caretero, como se le conoce en la ciudad, se inicia haciendo cosas sencillas, comentó en varias ocasiones, pero con el tiempo se hace cada vez más difícil, delicada y precisa.

Fieles a la tradición que originó el oficio, todo maestro del yeso debe además conocer la imaginería para completar su conocimiento. El arte de elaborar imágenes religiosas proviene de la vieja influencia española, y de la cual han derivado algunos otros ámbitos productivos, del que directamente deviene la mascarería.

El yeso, que es la materia prima más importante, se combina con una sólida pero liviana estructura de madera, a la que se le van agregando las formas y los rasgos de humanidad que toda pieza debe contener para ser aceptada en su medio. Las caretas antiguas del Carnaval seguían un proceso muy similar a éste, por lo que la correlación de conocimientos que eran utilizados en los santos, también se aplicaba a la producción de los diablos.

Hoy mucho de esto ha cambiado. Don René es el último de su generación con el conocimiento para abordar ambas tareas y aunque cada vez se lo nota más cansado, todavía su producto está vinculado a esta noble tarea artesanal. Pese a su avanzada edad y delicada salud, es y será siempre el gran maestro de santos y diablos para el Carnaval de Oruro.

DETALLES Y HERRAMIENTAS

En su taller repleto de detalles, herramientas y objetos que le producen inspiración -y donde cada uno de ellos cumple además una función específica- el maestro desarrolla su trabajo manual que conlleva distintas etapas. Una careta de diablo, que es la que habitualmente produce, y es al mismo tiempo la más compleja de toda su oferta de productos, le toma alrededor de una semana, si hace buen clima para el secado.

Todavía utilizando fieltros de lana de oveja (conocidos como lok´os o sombreros antiguos) inicia la tarea de moldear el fuste o casco sobre el que se monta cada uno de los detalles. Una vez seco y alisado con unos tres baños de yeso fino, el maestro convierte esa estructura en una danza de movimientos que termina modelando la máscara de diablo.

Paso a paso, día a día, los detalles y las facciones cobran vida a la luz de sus manos que no descansan, como si cada movimiento le diera hálito a la máscara, para luego, al final, rematar con tres manos de pintura quirúrgica, toda vez que su arte se desarrolla a mano alzada y con la precisión de un bisturí de colores que danza y termina produciendo uno de los objetos más sofisticados y maravillosos que el ser andino utiliza para redimir su espíritu. Mientras todo este proceso cobra vida, don René nunca pierde la sonrisa.

Sin embargo, y es muy importante decirlo, pese a que el sector al que él y algunos pocos artesanos pertenecen es uno de los escenarios más vulnerables del sistema productivo que alimenta el Carnaval, el maestro no pierde el ímpetu ni la voluntad para mantenerse activo en la tarea de garantizar que -año tras año- todo danzarín de diablada tenga una máscara nueva, o reparada, para bailar.

Hace unos años atrás fallecieron otros dos grandes que tenían la misma talla: primero se fue el último maestro de la escuela de Paria, Félix Aguilar, y después el hermano menor de don René, Germán Flores Ordoñez. Curiosamente ambos aquejados por resfríos crónicos que las largas noches de trabajo en los talleres de yeso dejaron, como la falta de ayuda para poder subsanarlos en el hospital general de la ciudad. Y es que así de ingrata es la profesión del arte, sumidos en el más profundo anonimato, son presa de elogios sin fondo, que todos los años maravillan las miradas del mundo, pero que pocos conocen en su día a día.

Esta vida de trabajo silencioso se asemeja física y psicológicamente a la de los mineros que son devorados por la silicosis. El yeso trepana interiormente los órganos y la vida de estos artesanos que son los únicos que pueden permitir que no desa-parezca el Carnaval devocional más grande del mundo.

Considerando que la vida en Oruro se entrega como un acto de fe y amor por la Virgencita del Socavón, el maestro René Flores Ordoñez es uno de sus más fieles devotos, toda vez que entrega su alma, de pedacito en pedacito, al Carnaval de sus amores, que sin sus máscaras no sería lo que es: la maravilla creativa del ser humano, que trasciende su obra singular para convertirse en patrimonio y orgullo de toda la humanidad.



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